Temerás no haberlo leído aNtes

Descubre Rottingdean

La señora Danvers despidió al ama de llaves antes de lo habitual. Alegó un falso dolor de cabeza y se acostó pronto. Subió las escaleras y entró en su habitación. Era extraño, pero se sentía tranquila y aliviada. Después de tantos años de espera, por fin había llegado la hora. Como cada noche, se sentó frente al espejo y se cepilló la gruesa mata de pelo blanco que cubría su cabeza. Arriba y abajo, lentamente. Mientras lo hacía, asentía y miraba a través del espejo a quien le hablaba. No le preocupaba que nadie escuchara los susurros. Sabía que solo ella podía oírlos. Antes de meterse en la cama se aplicó colorete en las mejillas y untó sus arrugados labios con un ligero brillo de color salmón. Jamás permitiría que la encontraran sin arreglar. Apenas quedaba rastro de la espectacular belleza que fue, pero la elegancia aún permanecía ahí, intacta, a pesar de los años.

 

Entró en la cama sin prisa, procurando no arrugar el camisón. Era viejo, como ella, pero el mejor que tenía.

 

Primero se apagó la luz del baño, después la lámpara del tocador, y por último la de la mesilla de noche. Una mano que solo la anciana podía ver dejó a oscuras la habitación. En ese momento la señora Danvers sintió la fría y suave caricia en la frente. Suspiró. El momento había llegado. Se abandonó sobre los almohadones y cerró los ojos. Despacio, muy despacio. Nunca más volvió a abrirlos.

El avión llegó con más de cuarenta y cinco minutos de retraso. En cualquier otra ocasión la demora habría sido un fastidio, pero ahora no importaba. Nadie les esperaba en la terminal. Haciendo cola en la empresa de coches de alquiler, Amelia miraba el desfilar de viajeros a uno y otro lado del aeropuerto. Caminaban deprisa, seguros, sabiendo adónde se dirigían. Justo lo contrario que ella. Le pareció curiosa, incluso divertida, la diferencia de ánimo entre los transeúntes del aeropuerto de Gatwick y los de Madrid. Hacía menos de tres horas que había abandonado su ciudad y ya la echaba de menos. Rebosaba bullicio, alegría, vida. Le pareció cierto, aunque fuera un tópico, eso de que Inglaterra era más gris, más triste, más deprimente. También pensó que era posible que el contraste no existiese, que todo fuera resultado de su estado de ánimo. Poco importaba. El caso es que estaba allí atrapada y sin posibilidades de regresar a Madrid.

Marco y Celia se hicieron cargo de la situación. Sabían que su hija Amelia necesitaría un  tiempo de adaptación. Verla caminar tras ellos por los largos pasillos del aeropuerto, en silencio, como un zombie, les rompía el corazón, pero así eran las cosas. Tras buscar el  equipaje y recoger el coche alquilado, cargaron sus maletas y emprendieron el camino. Fue un acierto que Marco viajara allí una semana antes con los de la mudanza llevando los bultos más pesados.

El viaje apenas duraría una hora. Marco y Celia admiraban el paisaje mostrando un entusiasmo exagerado. Era imposible utilizar tanto adjetivo empalagoso en un trayecto tan corto. Todo era magnífico, impresionante, precioso, encantador, adorable… Amelia sabía que intentaban llamar su atención procurando hacer más atractivo el cambio que la mudanza iba a producir en su vida. Le daba igual. El cambio seguía siendo un asco.

Se dirigían a Rottingdean, una pequeña aldea costera al sur de Inglaterra. Amelia nunca había estado allí, pero su buena amiga “Wikipedia” ya le había avisado que tenía poquísimos habitantes y posiblemente menos cosas que hacer. Rezaba porque al menos hubiera un cine o un centro comercial, aunque fuera pequeño. Era un alivio saber que Brighton se encontraba a menos de diez kilómetros. Haber aprobado el carné de conducir dos semanas atrás le garantizaba algo de libertad. Ojalá sus padres se apiadaran de ella y le regalaran un coche con el que poder salir de aquel pueblucho en que pensaban vivir. Daba igual cómo fuera. Pequeño, viejo, tuneado o un tractor. Qué importaba. Cualquier trasto con motor sería bienvenido.

Desde que era pequeña Amelia había oído hablar de Rottingdean. Su familia materna vivió allí durante más de dos siglos. Poseían una de esas imponentes mansiones victorianas. Su última propietaria fue su tía-bisabuela, Karen. Una mujer muy peculiar.

 

Karen había nacido en 1913. Todos los que la conocieron decían que fue una mujer fuerte y valiente. Haber pasado dos guerras mundiales curtía a las personas. Sin embargo, a pesar de sus rudos modales y de tener la lengua más afilada del condado, era una buena persona. Jamás se casó y tampoco tuvo hijos. Dedicó su vida al cuidado de sus padres, sus caballos y la mansión de Rottingdean. Amelia la consideraba la mujer más original de la familia. Bastaba con echar un ojo a sus aficiones: la literatura histórica, el tabaco de pipa, montar a caballo, los coches y la lucha activa contra el maltrato animal. ¡Cuántas veces no habría oído Amelia decir a su madre lo avanzada para su época que había sido la tía-bisabuela Karen! Celia la adoraba. Había coincidido con ella durante los veranos de su infancia, cuando la familia viajaba a Rottingdean en vacaciones. Las dos se entendían de maravilla. Para Karen Celia siempre fue la hija que nunca tuvo.

A mediados de los años sesenta, Karen conoció a la señora Danvers. Fue en una fiesta organizada por amigos comunes en Londres. La señora Danvers era una viuda muy popular en los círculos de la alta sociedad londinense. Su belleza no pasaba inadvertida tanto para hombres como para mujeres. Al morir su marido, tan solo le quedó como herencia un viejo pastor alemán, una casa con el tejado sin arreglar y un montón de deudas.

La señora Danvers y Karen pronto se hicieron amigas. A pesar de ser poco dada a las fiestas y celebraciones de una sociedad que consideraba rancia e hipócrita, Karen comenzó a frecuentar los círculos de su amiga. La amistad de ambas y su más que evidente complicidad daba mucho que hablar. Las malas lenguas no tardaron en afirmar que la bella viuda utilizaba a Karen para mantener el alto nivel de vida al que su difunto marido la tenía acostumbrada. Y para asombro de algunos –y regocijo de los más chismosos–, la señora Danvers y Karen se fueron a vivir juntas a Rottingdean. Corrían los locos años sesenta, y lo que en otra época habría sido un escándalo, resultó un acontecimiento chic e interesante.

La señora Danvers se aficionó a montar a caballo y a fumar. Karen, por su parte, intensificó su presencia en los actos sociales del condado. Siempre iban juntas. Con el paso de los años, los vecinos terminaron por aceptarlas. Y ellas vivieron el resto de sus vidas en Rottingdean. Karen murió a finales de los ochenta, veinticinco años atrás. En su herencia dispuso que la mitad de todo su dinero fuera para Celia; la otra mitad era para la señora Danvers. Ella también heredó, además, la mansión de Rottingdean en usufructo.

Hacía un par de meses que la señora Danvers había muerto. El ama de llaves la encontró una mañana al ir a despertarla. Murió mientras dormía.

Lamentablemente la señora Danvers nunca supo gestionar bien su dinero. Agotó su herencia en pocos años, y para mantener la casa, tuvo que vender los caballos y la mayoría de los muebles de valor. Solo quedaron habitables su dormitorio, un pequeño salón de té, la biblioteca y la cocina. Hacía tiempo que el ama de llaves no percibía su sueldo, pero era mayor y no tenía otro sitio adonde ir. Además, la señora Danvers siempre la trató bien. Ambas se necesitaban.

Amelia levantó la cabeza del iphone cuando el coche se detuvo.

–¡Hemos llegado! –exclamó entusiasmada Celia mientras salía del coche y admiraba la mansión –. Habría jurado que era mucho más grande.

Su nuevo hogar era un edificio de piedra gris y tejados negros. Amelia, que ese año comenzaría a estudiar Arte en la universidad de Brighton, trató de identificar su estilo. Victoriana, sin duda. Con ciertos detalles góticos y una compleja mezcla de estilos que desconocía y tampoco tenía ganas de adivinar. Repartidas por la fachada había una docena de enormes ventanales alargados. Cuatro miradores, dos a cada lado, remataban el frontal. El tejado, puntiagudo, tenía ocho chimeneas muy altas, todas de piedra. La mansión era una pasada. Parecía sacada de una película. No, mejor, era como el colegio del niño mago de los libros que Amelia había leído años atrás. Rodeada por unos jardines extraordinarios, con altísimos árboles e infinidad de flores. Todo muy bonito pero descuidado. Estaba claro que nadie los atendía desde hacía tiempo. En un lateral de la casa, algo alejado, se intuía la silueta de un invernadero. Al igual que el resto de la finca, había conocido tiempos mejores. La mayoría de los cristales estaban rotos y tan sucios que para adivinar lo que había dentro era necesario armarse de valor y entrar a averiguarlo.

Amelia miró a su alrededor y sintió una punzada en el pecho. Sí, esta sería su jaula, el lugar donde tendría que pasar los próximos años y donde comenzaría una nueva vida. Ojalá sus hermanos estuvieran con ella. Ojalá no la hubieran dejado sola. Cuánto los echaba de menos. Si hubieran continuado juntos quizá esa absurda mudanza nunca habría sucedido.

Mientras admiraban la mansión, el ama de llaves salió a recibirlos. No hacía ni diez segundos que habían llegado y la mujer ya los esperaba en el porche. ¡Menuda rapidez! Amelia se preguntó si no llevaría todo el día detrás de la puerta.

–– Señorita Celia, ¡cuánto me alegro de volver a verla!–– dijo la mujer acercándose con los brazos abiertos.

Amelia sabía que la señora Pots llevaba muchos años sirviendo en la casa. Su madre la conoció cuando era una niña. No quería pensar cuántos años tendría. ¡Dios mío! No podía ser legal que una anciana tan anciana siguiese trabajando. Celia le había contado que la señora Pots era una de las doncellas más jóvenes de la casa cuando la vio por primera vez. Además de trabajadora, era muy discreta y comprensiva. Por eso la tía Karen la apreciaba tanto. Y por eso, antes de morir, la nombró ama de llaves. Sabía que la señora Danvers no podría hacerse con la casa sin su ayuda. Fue sin duda una de las decisiones más acertadas que jamás había tomado. En los últimos años, el trato señora-criada había desaparecido por completo. La señora Danvers y Pottie (como le gustaba que la llamaran) se convirtieron en dos compañeras y amigas. Juntas se encargaban de la casa y se cuidaban mutuamente.

 

La muerte de la señora Danvers dejó a Pottie destrozada. Además de perder a una amiga, temía también quedarse sin trabajo. En realidad no conocía otro lugar que no fuera Rottingdean. Celia la recordaba con cariño y, después de hablarlo con Marco, decidieron que continuara viviendo con ellos. No como criada ni ama de llaves, no, sino como una vieja amiga de la familia.

–– ¡Pottie! ––exclamó Celia.

Las dos mujeres se fundieron en un abrazo. Tras las oportunas presentaciones, la anciana tomó del brazo a Amelia y la condujo al interior de la casa. La mujer olía a perfume de violetas y… ¡a tabaco!

–– He preparado té y unas riquísimas pastas de mantequilla que hice esta misma mañana. Debéis estar hambrientos. Vamos, vamos, odio el té frío.

Nada más entrar en la casa, a Amelia se le cayó el alma a los pies. Todo olía a polvo y humedad. Estaba claro que Pottie no podía mantener limpio un sitio tan grande, pero en fin, ya podría haber llamado a alguien para que le echara una manita. El hall de entrada estaba tan oscuro que apenas se intuían las imponentes escaleras. El suelo, de anchos tablones de madera, hacía tiempo que había perdido su brillo. Todo picado y agrietado, daba pena verlo. Menudo comienzo. Afortunadamente, antes de que Amelia saliera corriendo de allí, entraron en el salón de té. ¡Y eso era otra cosa! Para su sorpresa, estaba muy limpio. La iluminación, en gran parte natural, provenía de dos gigantescas ventanas y un bellísimo mirador. Había también un enorme ramo de rosas en un recargado y colorido jarrón colocado justo al lado de una de las ventanas. Su olor impregnaba la enorme habitación. Una habitación cuyo mobiliario consistía en un sofá, dos sillones, una mesa, tres sillas, una cómoda y un piano. Decenas de fotografías se apretujaban sobre el piano y la cómoda. La mitad de ellas eran escenas familiares: de la tía Karen, de la abuela, de alegres reuniones y de un montón de gente a los que Amelia no reconocía. La señora Danvers acaparaba la otra mitad. Con Kate muchas de ellas; el resto, posando en el jardín, montando a caballo, en la piscina, en el salón de té… No había duda de su imponente belleza.

 

–– Bueno, Pottie ––dijo Celia una vez servido el té y unas pastas más duras que un posavasos de madera––, espero que tengas preparadas las maletas. Nos vamos esta noche.

–– No Celia, cariño, yo no me voy de aquí –dijo la mujer en un tono de disculpa–. Hace tanto tiempo que vivo en esta casa que no podría estar en otro sitio.

–– Oh, vamos, Pottie, nadie habla de ir a vivir a otro sitio. Sabes que será temporal, hasta que arreglen un poco todo esto. Hemos reservado tres habitaciones en una de las casas de huéspedes del pueblo. Te gustará. Nos quedaremos todos allí hasta que las obras terminen. Esta casa no es habitable.

 

Pottie asintió de mala gana. Sabía que Celia tenía razón. Si no hacían algo pronto, la casa se vendría abajo de un momento a otro. Además, ¡cómo contradecir a la nueva dueña! Pero dejar la casa sola…

–– ¿De acuerdo entonces? ––insistió Celia.

–– De acuerdo, ¡qué remedio! Recogeré mis cosas. Será solo un momento. Hay más pastas si os apetece.

Antes de salir, Pottie se paró en seco.

–– ¿Sabéis? Creo que esta es la primera noche en más de un siglo que esta casa se queda vacía. Siempre ha habido alguien bajo su techo.

–– No hay de qué preocuparse, Pottie ––contestó Marco tratando de animar a la anciana––. Estoy seguro de que no le importará.

Justo en ese momento, una ráfaga de aire abrió la ventana de par en par. El estruendo arrastró por el suelo el horrible jarrón y las rosas que contenía. Pottie se quedó paralizada. Durante unos segundos interminables mantuvo su mirada fija en el suelo, ausente, observando el desbarajuste de trozos de cerámica, agua y pétalos.

–– ¿Ves Pottie? –se apresuró a decir Celia mientras Amelia y su padre recogían el estropicio––. Hasta las ventanas necesitan un arreglo.

Amelia no pudo evitar sentirse intrigada por la cara de Pottie tras el incidente. Estaba pálida, y hasta creyó percibir un ligero temblor en sus labios. Cualquiera diría que lo que se había roto era un jarrón de la dinastía Ming.

En el fondo agradecía que Celia y Marco tuvieran tanta prisa por salir de aquella casa. Si hubieran decidido pasar la noche allí, no habría tenido más remedio que retroceder a su más tierna infancia y acostarse en la misma cama que ellos. Un lugar así le provocaba escalofríos.

No tardaron ni cinco minutos en llegar a la casa de huéspedes. Esa era otra de las cosas a la que tendría que acostumbrarse: a las distancias. En Madrid, ir a cualquier sitio le llevaba una tarde.

La casa era como había imaginado. Blanca, con tejado rojo, grandes ventanales blancos y un mirador justo en el centro de la fachada. Seis chimeneas de ladrillo rojo remataban la construcción. Una valla de madera blanca rodeaba la parcela. La mitad del jardín estaba ocupado por un huerto donde la dueña de la casa cultivaba allí todo tipo de verduras y hortalizas. El resto era césped y rosales.

Una mujer regordeta y pelirroja que olía a guiso les abrió la puerta. Los recibió como a esos viejos amigos a los que se ha invitado a pasar una temporada. Mientras subían las escaleras hacia las habitaciones, les contó su vida. Era viuda. Desde hacía años vivía con su hija Lilian y una curiosa pareja de ancianos. Al parecer, el matrimonio llevaba más de tres años allí. Preferían el trato familiar antes que una triste residencia. Lilian, su hija, estaba en Brighton con unas amigas; el resto de huéspedes (debía referirse al matrimonio octogenario, claro), daban su paseo diario por la playa.

Aunque la hora de la cena ya había pasado, la mujer les tenía preparada en la cocina una bandeja de sándwiches, ensalada y algo de fruta. Tanto mejor. Al menos la primera noche cenarían sin compañía.

Durante la cena no hubo otro tema de conversación que las obras de mejora de la casa. El entusiasmo de Celia y la admirable capacidad organizativa de Marco animaron a Amelia que, por un rato, se olvidó de Madrid. Incluso aportó ideas y sugerencias que ilusionaron a sus padres. El ambiente era tan agradable que hasta Pottie pareció convencerse de que aquellos planes no eran tan descabellados como creía.

–– Mañana he quedado con el gerente de la empresa que se va a encargar de las reparaciones –––dijo Marco––. Intentaré que el proceso no se alargue demasiado. El capataz conoce bien la casa. Me ha dicho que necesitará tres meses para dejarla como nueva.

­­–– Pero papá ­––protestó Amelia––, eso será en septiembre. ¿Vamos a pasar todo el verano aquí?

–– Pues mucho me temo que sí. Trataremos de reducirlo algo, pero yo que tú no me haría demasiadas ilusiones. Puedes estar segura de que a tu madre y a mí también nos gustaría que estuviese todo listo antes del comienzo de tus clases.

Amelia sabía que su padre haría lo imposible por terminar cuanto antes. Ya no solo por su hija, sino por una pura cuestión económica. La herencia de la tía Karen había caído en casa de Amelia como una bendición, justo en el momento indicado. Celia había sentido mucho muerte repentina de la señora Danvers, pero al fin y al cabo era ley de vida. Por eso Amelia sospechaba que su madre también se había alegrado un poquito al recibir la noticia.

 

El último año estaba muy alejado de ser el peor de sus vidas. Aún así, la mala suerte no les había dado tregua. Primero despidieron a su madre. Celia había dirigido el departamento de Marketing de una multinacional americana de productos de belleza de lujo durante más de quince años. Con la crisis, las mujeres preferían las cremas y maquillajes más baratos y las ventas cayeron en picado. Llegó una reestructuración de la plantilla, y de la noche a la mañana, Celia se encontró de patitas en la calle. La sustituyeron por alguien más joven que cobraba tres veces menos.

Dos meses después le tocó el turno a su padre. Marco era médico aunque nunca ejerció como tal. Después de terminar la Universidad montó un negocio de importación de muebles orientales junto a un compañero de facultad. Aquello comenzó como una aventura empresarial, como un experimento divertido y emocionante, y pronto se consolidó como un próspero negocio. Crecieron rápidamente. Tanto que pudieron abrir tres tiendas más en Madrid. Tenían previsto expandirse a Barcelona y Milán, la ciudad donde Marco nació. Pero por desgracia llegó la crisis, la gente dejó de comprar, y los que lo habían hecho no pagaban. Las deudas les asfixiaron. Y después de más de veinte años, no tuvieron otra alternativa que echar el cierre.

Marco y Celia tenían algo de dinero ahorrado, pero el ritmo de vida al que estaban acostumbrados no les permitía relajarse. Habían comprado un precioso chalé de tres plantas, jardín y piscina en el norte de la capital, y aunque ya habían pagado la mayor parte, los gastos de la hipoteca eran tan elevados que apenas podían hacerles frente. Sin un trabajo interesante y bien remunerado en perspectiva, la cosa se fue poniendo fea. Estaban realmente asustados.

Así que el día que  llegó el comunicado de la herencia creyeron que por fin su suerte había cambiado. De inmediato vendieron el chalé y los coches, y se prepararon para cambiar de vida. Con el dinero que tenían ahorrado, más el de la venta de la casa y los coches, arreglarían la antigua mansión y montarían un bonito hotel. Rottingdean era un lugar turístico, cercano a Brighton, en zona de playa. Y la mansión, la típica construcción de ensueño por la que cualquier turista pagaría por pasar la noche. Un plan perfecto.

Cuando se lo comunicaron a Amelia casi entró en shock. Habían viajado muchas veces a Inglaterra. Al fin y al cabo su familia materna era de allí. En casa hablaban en inglés. Era un país en el que se sentía a gusto cuando iba de vacaciones. Pero de eso a marcharse a vivir a Rottingdean de forma permanente había un buen trecho. La primera semana la pasó enfadada y de mal humor. Luego, al ir madurando la idea, llegó a la conclusión de que no podía hacer perder a sus padres una oportunidad como aquella. Acababa de cumplir dieciocho años y lo lógico sería que no tardase demasiado en volar del nido. Era cuestión de tiempo. El tema de la universidad también influyó. Siempre había pensado que estudiaría en Madrid, en la Complutense, como sus hermanos. Sin embargo, ahora iría a Brighton. ¡Brighton! La idea tampoco sonaba mal.

En unas semanas se sacó el carné de conducir, y, llegado el día, empaquetó sus cosas y lloró mucho al despedirse de sus amigas.

–– Amelia ––oyó decir a su madre sacándola del ensimismamiento en el que se encontraba–, ¿no me has oído? ¿Te apetece?

–– Perdona, mamá, estaba pensando en otra cosa. ¿Qué decías?

–– Te preguntaba que si te apetece venir mañana con Pottie y conmigo a la mansión. Vamos a recoger lo que sea de valor antes de que lleguen los operarios. Si lo prefieres puedes irte a pasar el día a la playa.

–– No, no, está bien, iré con vosotras. Tengo todo el verano para ir a la playa.

 

Después de cenar cada uno se fue a su habitación. Había sido un día demasiado largo. Amelia se tumbó en la cama dispuesta a poner al día a sus amigas a través del whatsapp pero se dio de bruces con la realidad. ¿Cómo era posible que una casa de huéspedes de un pueblo turístico no tuviera wi-fi? Estaba claro que los huéspedes octogenarios no lo necesitaban, pero ¿cómo demonios mantenían el contacto con la civilización la dueña y su hija? Enfadada, se metió en la cama. Ya pensaría en algo al día siguiente.

Jamás había visto tanto polvo acumulado. Qué mala idea había sido estrenar las deportivas nuevas. Tendría que haberse puesto cualquier cosa que después pudiera tirar a la basura.

Mientras Pottie y Celia empaquetaban los libros y las viejas fotografías de la biblioteca, Amelia se dedicó a husmear por la casa. Resultaba emocionante descubrir pequeños retazos de la vida de sus antepasados. Pocos eran los objetos de valor que quedaban. Sin embargo, al observar los tapizados deslucidos, las cortinas, las alfombras raídas o algunas de las escasas tazas y utensilios de cocina, era fácil adivinar el esplendor que debió tener la propiedad. Primero recorrió la planta baja. La decrepitud, el crujir de las viejas maderas, la oscuridad de los pasillos, el polvo y la decadencia provocaban en la joven desasosiego y angustia. Prefirió dejar el piso superior para más tarde. Cuando pudieran acompañarla. Algunas de las habitaciones, las menos, tenían algún mueble cubierto por sábanas. El resto estaban vacías, dejando en evidencia el mal estado en que todo se encontraba: paredes sucias de humedad y con el papel ajado y despegado, suelos levantados, ventanas abiertas o sujetas con cinta-aislante, cables de la luz pelados y potencialmente peligrosos… Una auténtica ruina. ¿En qué estaría pensando la señora Danvers? Amelia no entendía cómo habían podido dejar que un lugar tan bello alcanzara tal estado de abandono.

Por último llegó a la cocina. Era la más grande que había visto en su vida. Ni siquiera la de su antiguo colegio tenía tantos metros cuadrados. Qué pena. Estaba destrozada. El suelo no era de madera, sino de pequeños baldosines pintados a mano en diferentes tonos de azul. Las paredes, que debieron ser blancas, presentaban cientos de desconchones y manchas de grasa. El techo era lo más espectacular y aún parecía estar en buen estado. De madera tallada, en cada esquina lucía un bodegón de frutas en relieve. Ojalá pudieran conservarlo. Del techo colgaban ganchos de hierro forjado. Amelia supuso que los utilizarían para colgar ollas y otros utensilios. Útil, aunque tétrico. Le pareció curioso que en pleno siglo XXI continuasen los arcaicos fogones de leña. Hacía tiempo que nadie los utilizaba porque sobre ellos habían colocado un hornillo de gas. Intuyó que era allí donde Pottie y la señora Danvers cocinaban. También vio un diminuto horno eléctrico bastante costroso sobre una mesa plegable. De esas que se utilizan para hacer acampadas. Con razón las pastas estaban tan malas. El frigorífico, que hacía el mismo ruido que un avión al despegar, debía ser más viejo que la propia Pottie. Amelia no tuvo fuerzas para abrirlo. A saber qué podría salir de allí dentro.

Cuando ya se disponía a salir de la cocina, oyó un fuerte golpe proveniente de la planta superior. Amelia se sobresaltó y volvió corriendo a la biblioteca.

–– ¿Habéis oído eso? ––preguntó alarmada.

–– No te preocupes. Varias ventanas de la segunda planta tienen roto el cierre y cuando hay viento golpean las paredes ––dijo Pottie sin mucho interés––. Antes de irnos subiré para sujetarlas.

–– No parecía una ventana ––insistió Amelia––. Era como si algo muy pesado hubiera caído al suelo. Además, mirad por la ventana, apenas hay viento.

––Amelia– dijo Celia –, esta casa es muy vieja. Hasta que no la arreglen tendrás que acostumbrarte a estas cosas. En un rato subiremos a ver qué ha pasado. Anda, échanos una mano, por favor. Vacía los cajones de aquel escritorio. Tira lo que no valga en esas bolsas y el resto lo guardas en cualquier caja de cartón. Ya tendremos tiempo de ordenarlo todo.

Celia sabía que aquella casa podía alterar los nervios de cualquiera. Y más los de su hija. De pequeña había sido una niña asustadiza y bastante fantasiosa. Siempre pensó que se debía a que sus hermanos la habían protegido en exceso. Ahora era ya una mujer, pero aunque en el resto de aspectos había madurado, seguía siendo temerosa. De todos modos, debía reconocer que hasta que se reformara el interior, la casa resultaba inquietante.

Amelia no quedó muy convencida con las explicaciones de Pottie. Aquello había sido un golpe, seguro. Algo grande, muy grande y duro, había golpeado el suelo. Además, estaba segura de saber dónde había sido: justo encima de donde se encontraba. En la cocina.

El escritorio era una auténtica joya. Su madera, muy oscura, debía ser caoba. Las patas, robustas, estaban talladas. Contenía ocho cajones. A pesar de la antigüedad el tablero seguía suave y brillante. Como nuevo. Lo único que parecía haber sido cuidado en aquella casa. Amelia calculó que tal belleza debía tener más de doscientos años.

–– Mamá, ¿de verdad quieres vender todos los muebles? ––preguntó Amelia

–– No, lo cierto es que no quiero, pero nos hace falta el dinero. A mí también me gusta ese escritorio. Es maravilloso, ¿verdad?

–– Era de tu tía Karen ––dijo Pottie–– Siempre la recordaré ahí sentada. Siempre fumando y escribiendo en sus cuadernos, siempre con una taza de té o una copita de Oporto.

–– Deberíamos quedárnoslo, mamá. Sería un bonito recuerdo.

Eso mismo llevaba un rato dando vueltas en la cabeza de Celia. Pensaba que sería una pena desprenderse de él. Habían decidido remodelar la casa manteniendo su antigua estructura y decorándola en un estilo moderno. Lo había visto en algunos hoteles de Alemania y Rusia: antiguos por fuera, rompedores por dentro. No es que le entusiasmara la idea, pero era lo único que podían permitirse. Llenar una mansión de ese tamaño con antigüedades era algo lejos de sus posibilidades. Si al menos la tía Karen le hubiera dejado sus muebles… Pero se los cedió a la señora Danvers y esta no dudó en malvenderlos. Al menos los libros eran suyos. De ellos sí que no pensaba desprenderse nunca. Las palabras de su hija le hicieron decidirse.

–– Tienes razón, cariño. Me arrepentiría toda la vida si nos desprendiéramos de él. ¡Nos lo quedamos!, ¿te parece?

Amelia, satisfecha, comenzó a vaciar los cajones. A medida que los iba abriendo aparecían todo tipo de curiosidades: papeles amarillentos, envolturas de chocolate, cajas de tabaco rancio, viejos recortes de periódicos con noticias locales sin importancia, alguna fotografía de caballos, bolígrafos con la tinta seca… Porquerías. Sin embargo, en el último cajón encontró un curioso paquete. Era bastante pesado y estaba envuelto en papel de estraza. Al abrirlo encontró diez bellísimos cuadernos. Eran de un cuero muy suave, como terciopelo, con las hojas gruesas y de color crema. En la parte inferior, en letras doradas y bajo lo que parecía el dibujo de la mansión, se podía leer: Rottingdean Hill House.

–– Pottie, ¿qué son estos cuadernos?

–– Ah, los cuadernos de Katie. Tu tía-bisabuela no utilizaba otros para escribir. Los encargaba en una imprenta de Londres que los encuadernaba expresamente para ella. Son muy bonitos, ¿verdad?. Pensé que ya no quedaba ninguno.

–– ¿Y dónde están los demás? ¿Los que utilizó?

–– Ni idea, corazón. La señora Danvers me pidió muchas veces que los buscara. Al parecer tenía curiosidad por saber qué escribía Karen en ellos. Ella decía que era su secreto. Nadie sabía dónde los guardaba, ni tan siquiera la señora Danvers. ¡Y mira que tenía ganas de leerlos! Después de la muerte de tu tía los busqué durante meses, pero nunca los encontré.

–– ¿Es esta nuestra casa? ––preguntó Amelia–– ¿Rottingdean Hill House?

–– Sí, mírala ––dijo la anciana señalando el dibujo dorado de la mansión––. Así es como se llama. Nosotros no solemos utilizar un nombre tan largo, pero así es como la conocen en el pueblo.

–– ¡Me encanta, mamá! ¿Recuerdas que ayer discutimos sobre qué nombre poner al hotel? ¿Qué tal Rottingdean Hill House Hotel?

Celia se quedó un rato pensativa y luego sonrió.

–– Gran idea, hija. Al fin y al cabo así es como se llama.

En ese momento un fuerte golpe volvió a sonar en el piso superior, esta vez sobre la biblioteca. Las tres mujeres se miraron sobresaltadas.

–– Subiré a cerrar de una vez esa dichosa ventana ––dijo Pottie levantándose como un resorte.

–– No te preocupes, Pottie. Aquí ya queda poco. Dame un segundo y subimos las tres ––dijo Celia.

–– No, no ––insistió la anciana con cara de fastidio––. Es mejor que suba sola. Que suba ahora, quiero decir. Antes de que se rompa otro cristal.

Celia continuó con lo que estaba haciendo. Canturreaba mientras empaquetaba los últimos libros de las estanterías. Amelia, sin embargo, se mantuvo expectante. Estaba segura que no se trataba de una ventana rota. Algo le decía que Pottie sabía de qué se trataba. Confiaba en que al menos no fuesen ratas.

Cuando regresaron a la casa de huéspedes ya era la hora de la cena. Por la tarde, Marco se había sumado a la expedición. Su buen humor y la energía que transmitía amenizó el resto de la jornada. Habían recorrido una a una todas las habitaciones de la mansión, recogiendo esas pequeñas cosas que sabían que no venderían. Después, Pottie les acompañó a dar un paseo por la finca. Ocupaba muchas hectáreas, quizá demasiadas como para mantenerlas todas en buenas condiciones. Algunos rincones eran muy hermosos, y el entusiasmo invadió la conversación. Aquí y allá fueron diseñando distintos retiros, espacios ideales para los huéspedes pero también para ellos. Cuando quisieron darse cuenta ya habían repartido todo la extensión que querían compartir y la que sería de uso exclusivo de la familia. Descubrieron un pequeñísimo bosque de olmos detrás del invernadero, en cuyo centro había un viejo cenador de forja abandonado que, al igual que el resto de la casa, necesitaba un buen arreglo. Tras el bosque se levantaba a una colina. Y después de ella, el límite de la propiedad. Desde la parte superior se dibujaban entre la bruma las llanuras del sur, el pueblo y el mar. Las vistas eran magníficas. Después de todo puede que vivir allí no fuese una idea tan mala.

Tras la cena, Amelia salió a pasear. Habían llegado nuevos huéspedes y no le apetecía compartir con ellos la sala de televisión. Además, sin internet la velada podía ser un auténtico muermo.

–– Buenas noches ––oyó a su lado.

Junto al huerto había una sombra.

–– Imagino que tú eres Amelia ––insistió la voz.

Amelia se acercó entre curiosa y precavida. Una pequeña luz roja iluminó la espesura. Quien estuviera allí había salido a fumar.

–– Sí, soy Amelia. ¿Quién eres?

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, pudo ver el rostro de una joven que tenía más o menos su misma edad. Era rubia, bastante guapa y lucía un corte de pelo radical. Casi como el de un militar. Vestía unos pantalones negros muy ceñidos, una camiseta de tirantes del mismo color y unas chanclas amarillas. Debía ser la hija de la dueña de la casa de huéspedes. ¿Cómo había dicho la mujer que se llamaba?

–– Soy Lilian. Imagino que mi madre ya te habrá hablado de mí.

–– Poca cosa ––dijo Amelia–– ¿Tú fumas?

–– No.

Amelia la miró desconcertada mientras la joven daba otra calada al cigarrillo mientras la observaba con descaro. La situación resultaba un tanto incómoda.

–– Me he dado cuenta de que no tenéis internet en casa ––dijo Amelia tratando de retomar la conversación.

–– ¿Quién dice que no tengo internet? ¿Acaso crees que vivimos como los hombres de las cavernas?

–– Bueno ––contestó Amelia tímidamente al ver que Lilian parecía ofendida––, ayer no encontré ninguna red disponible.

–– Claro, si no la pediste… Cuando no estoy en casa, nadie se conecta. Soy la única que lo utiliza. A mi madre no le interesa demasiado, y los tortolitos de la segunda planta ni saben lo que es un módem. ¿Has probado hoy?

–– No, lo cierto es que no.

–– Hazlo. La contraseña es el apellido de mi madre.

–– Gracias ––contestó Amelia mientras se alejaba. Lilian le resultaba bastante brusca y no quería estar en un sitio en el que claramente molestaba.

–– Oye ¿te apetece dar una vuelta? Te puedo enseñar esto por la noche.

–– No lo sé ––dijo sorprendida––. No quería interrumpir lo que estuvieses haciendo.

–– ¡Bah! Probaba este cigarrillo. Es asqueroso. Anda, vámonos, te enseñaré un par de sitios bastante guapos.

Lilian se mostraba ruda a veces y agradable a ratos. Esa bipolaridad resultaba desconcertante para Amelia. Aún así la acompañó. No le venía mal que alguien de su edad le enseñara el pueblo.

Recorrieron algunas de las principales calles de Rottingdean. El verano había comenzado y el turismo se hacía notar. Había tabernas y restaurantes abiertos, heladerías, cafés al aire libre y puestos callejeros. No era el ambiente de un pueblo de costa español, pero no estaba mal. Parecía un lugar agradable. Le sorprendieron las terrazas del paseo marítimo. Por lo visto, en las noches de primavera y verano se organizaban todo tipo de eventos. Esa noche actuaba un grupo de música pop del que jamás había oído hablar pero que sonaba realmente bien. Se sentaron en el suelo, de espaldas al mar, y escucharon el concierto hasta el final.

Lilian resultó una guía estupenda. Aunque al inicio le había parecido grosera, tras esa capa de pasividad y suficiencia en la que se envolvía había una chica divertida e ingeniosa. También algo entrometida. De vuelta a casa, sin apenas conocerla, no tuvo reparos en someter a Amelia a un tercer grado.

–– ¿Vas a la universidad?

–– Sí, este es mi primer año.

–– ¿A Brighton?

–– Sí

–– ¿Qué vas a estudiar?

–– Arte

–– ¿Tienes hermanos?

Silencio

–– ¿Que si tienes hermanos? ––insistió Lilian.

–– Sí, dos. Pero preferiría no hablar de ello.

–– Como quieras –––dijo la joven encogiéndose de hombros.

–– Después de arreglar la mansión, ¿viviréis allí?

–– Pues claro ––Amelia comenzó a sentirse molesta por el interrogatorio.

–– ¿Y Pottie? ¿Os la llevaréis con vosotros?

–– Por supuesto. Lleva con mi familia toda la vida.

–– Es una buena mujer ––dijo Lilian––. No veas lo que ha tenido que aguantar.

Este último comentario interesó a Amelia.

–– ¿A qué te refieres?

–– A la señora Danvers, por supuesto. Sé que no está bien hablar mal de los muertos, pero era una mujer insoportable.

–– ¿La conocías?

–– Solo la vi un par de veces y te aseguro que fue más que suficiente. Era altiva y antipática. No tenía amistades en el pueblo. Si no fuera por Pottie, probablemente habrían tardado meses en encontrar su cadáver.

–– Mi madre me dijo que solía asistir a todas las fiestas sociales que podía con mi tía-bisabuela Karen.

–– Eso sería antes. En los últimos años vivía recluida en la casa. No salía y solo sabíamos de ella por Pottie. No tienes más que ver en qué estado ha dejado la casa.

–– ¿Has estado allí?

–– En alguna ocasión. Cuando éramos más pequeños inventábamos historias de la mansión y nos acercábamos las noches de verano.

–– No me irás a decir ahora que se trata de una casa encantada.

–– Pues no. Eran juegos de niños. La señora Danvers nos echaba de la propiedad con amenazas e insultos. Ella era la que nos daba miedo. Cosas de críos.

–– ¿Y mi tía Karen?

–– Ni idea. No la conocí. Pero este es un pueblo pequeño y se cuentan historias. He oído lo que todo el mundo sabe.

–– ¿Y…?

–– Pues poca cosa. Que era una mujer de armas tomar. Pero caía bastante bien. Mi madre todavía habla de ella a menudo. Antes de casarse con mi padre trabajó para ella como cocinera. Decía que era la persona más justa que jamás había conocido.

–– ¿Y Pottie?

–– ¿Qué pasa con Pottie?

–– ¿Cómo es?

–– Ya te lo he dicho: buena gente. Es bastante mayor, así que no hay nadie a quien no conozca. Aquí en el pueblo todo el mundo le aprecia. Baja caminando desde ese caserón todos los lunes para encargar la compra y los domingos para ir a misa.

–– ¿Y qué más?

–– Pfff… Yo qué sé. Por lo que cuentan no es una vieja de esas chismosas. Al parecer nunca ha soltado prenda. Y mira que todo el mundo habría estado encantado de oírla hablar de la señora Danvers. Pero nada, no les ha dado ese gusto.

Amelia se dio cuenta que había cogido las riendas del interrogatorio.

–– ¿Y tú? ¿Estudias? ––prosiguió con el tercer grado al que ahora sometía a Lilian.

–– También comienzo este año la universidad.

–– ¿Brighton?

–– Sí.

–– ¿Y qué piensas hacer?

–– Diseño y Comunicación.

–– ¿Te gusta?

–– No está mal. Supongo que sí, es lo único que me apetece.

–– ¿Tienes carné de conducir? ––insistió Amelia. Puede que así tuviera manera de ir a la facultad.

–– No. Me faltan un par de meses para poder sacármelo, aunque dudo que mi madre me deje. Bastante se va a gastar con la universidad.

–– ¿Y cómo vas a ir a clase?

–– ¡Anda! Pues como todo el mundo. En autobús. Ya te he dicho que no vivimos en las cavernas. Aquí también hay transporte público.

Mientras se ponían al día una a la otra llegaron a la casa. Amelia estaba contenta. Si le cogía el punto, Lilian podía ser una compañía muy agradable, ¡y había internet! Una amiga e internet, ¿qué más podía pedir en un solo día?

Antes de meterse en la cama vio sobre el escritorio los cuadernos de piel de la tía Karen. Los guardó en uno de los cajones del armario. Eran perfectos para empezar su vida universitaria. Decidió que los usaría y trataría de descubrir el modo de conseguir más. Ojalá Pottie recordara dónde los compraba la tía Karen. En cualquier caso, los dejó guardados. Aún faltaban un par de meses hasta que pudiera utilizarlos.

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